Lay es un perro fiel, sincero, muestra lo que siente sin más, come a rebosar y, entre muchas cosas, cuida de todos los que lo rodean, sobre todo a su dueño.
Cada día, le ponía a su dueño las zapatillas al lado de la cama y hasta se subía a la cama, cuando tocaba la hora de que él marchase a trabajar, rozando su hocico contra su espalda para despertarle. Le daba mimos en forma de lametones, rodeando sus pies y apoyándose en su pecho cuando veían la televisión.
A veces la vida es complicada, las cosas no siempre salen como queremos y había días que su dueño volvía de trabajar, de una cita o de algún acto o evento disgustado, enfadado, decepcionado... Lay trataba de decirle que hay motivos para alegrarse hasta cuando las cosas no están en nuestra mano o nos salen al revés porque es una oportunidad para aprender y para que, cuando vengan momentos buenos, los disfrutemos con más pasión, cariño y placer. Pero Lay se daba cuenta que, por más que se lo dijera, su dueño no le entendía y solo escuchaba ladridos de diferentes tonos e intensidades, que muchas veces cesaban con un grito, una mirada fría o, sencillamente, ignorado por él.
Visto que la comunicación verbal no funcionaba, Lay trató de probar con la no verbal ofreciéndole el arsenal de mimos y cariños que ya le propinaba cada día. Esa acción parecía funcionar y por fin lograba una reacción de su dueño que le devolvía una caricia e incluso le obsequiaba con salir a pasear o jugar juntos. Pero, aunque al principio parecía funcionar con "males menores", a medida que las adversidades por las que pasaba su dueño se acrecentaban disminuía la efectividad de su apoyo físico-anímico. Sin caricias, salidas al parque o a jugar, Lay se daba cuenta de que, nuevamente, se encontraba contra otro muro que le impedía comunicarse.
Mientras nuestro perro protagonista trataba de buscar maneras de mejorar su comunicación con su dueño a él los problemas y dificultades se le acumulaban más y más. A veces, incluso, gritaba en señal de ira o, sencillamente, rompía a llorar sin motivo aparente. Mientras Lay más se preocupaba y más alternativas buscaba para ayudar a su dueño era más común que se despistara de esos detalles que tenía con él como llevarle las zapatillas o despertarle entre cariños. Uno de los días, al no despertarlo, como era ya costumbre, su dueño se enfadó duramente con él y marchó corriendo con un portazo mientras Lay, angustiado y lleno de preocupación, lloraba y seguía atascado buscando alternativas mientras esperaba entre sollozos el regresos de su dueño. Tras regresar esa tarde, vino más o menos como había marchado pero cambiando su ira por preocupación ya que ese retraso en el trabajo hizo que casi lo despidieran. Al acercarse a él, su dueño lo apartó y le gritó diciendo que por su culpa casi lo despiden y que sin su trabajo no solo lo pasaría mal él sino también el propio Lay, ya que ninguno de los dos podrían comer o ver la tele juntos. Lay lo miraba angustiado, más de lo que ya estaba, y poco a poco pasaron los días mientras nuestro amigo perruno empeoraba al punto de llegar a enfermar paulatinamente.
Su dueño decidió no dejar en manos de Lay el despertarle y acudió al tradicional despertador, buscó sus zapatillas y se preparó para irse al trabajo. Salió a toda velocidad a trabajar y fue con la idea en mente de remendar esta mala racha por la que había pasado. Mientras tanto, Lay, que estaba en un mal estado de salud, al ver que sus cuencos de comida y agua estaban vacíos, decidió buscar por la casa alimentos y bebida como fuese. Tras dejar la casa como si hubiese pasado un terremoto, llegó hasta la cocina. Allí, logró abrir la nevera y coger todo lo que pudo pudiendo la menos saciarse.
Cuando su dueño regresó se encontró la casa hecha un desastre: los armarios tirados, cosas rotas, la cama y el sillón revueltos con manchas... Asustado, comenzó a ir habitación por habitación pensando que habían entrado a robar. Cuando llegó a la cocina se percató de que había sido Lay, ya que pudo ver en el suelo huellas de jugo que había derramado para beber. Muy enfadado, comenzó a buscarle por toda la casa gritando "¡LAY!¡LAY!" pero no aparecía. Tras cada habitación vacía pasó del enfado al desconcierto y más tarde a la preocupación por no encontrar a su compañero canino. Al final, decidió mirar en la parte trasera, donde disponía de un pequeño apartado para guardar los trastos viejos y las cosas que no usa. Y ahí, entre las sombras del anochecer, se encontraba Lay. Mientras se acercaba enfadado recriminándole el destrozo de la casa se empezó a dar cuenta de que su compañero no respondía y que solamente se quedaba ahí acurrucado. Nuevamente, pasó del enfado a la preocupación, esta vez con más velocidad. No dudó en tirarse a su lado y preguntarle qué le pasaba, qué tenía y apurado decidió salir corriendo al veterinario en busca de una solución.
Cuando llegó al veterinario lo atendieron rápidamente, ya que el animal parecía no responder y podría ser grave. El ayudante de la veterinaria comenzó a preguntarle si antes había sufrido algo así, qué había pasado, si había comido algo raro, si había mostrado algún cambio en la última semana... Pero él se quedó ahí, sin saber qué responder y finalmente solo pudo decir que cuando llegó a casa se dio cuenta de que Lay había asaltado la nevera en su ausencia y que quizás podía ser algo de comida pero que no era una cosa común en él. El ayudante, viendo su desconcierto, decidió mandarlo a casa para que mirase qué cosas pudo comerse y así lo tendrían distraído mientras ellos se encargaban de estabilizarlo por si la situación empeoraba. Él aceptó y se fue.
Cuando llegó a casa sintió una sensación fría, de que faltaba algo, el calor de su amigo. Mientras miraba en la cocina y hacía una lista de todas las cosas que pudo comerse, pensaba en Lay: "¿estará bien?¿por qué haría eso? No tiene sentido". Entonces, miró a su lado y vio que ambos cuencos estaban vacíos y con un gran susto, como si dos trenes chocaran, recordó que en esa semana no le había puesto ni una sola vez su agua y comida. Las prisas, los enfados, las riñas, los días malos... todo ello le nubló al punto de descuidar a su amigo. Al mismo tiempo, se daba cuenta de que esos días de ayunas coincidían con aquellos en los que Lay fallaba en todas aquellas cosas en las que ayudaba a su dueño como despertarle. Entre lágrimas, cogió todo lo necesario y salió a toda prisa en busca de su amigo. Mientras, recordaba los gritos y reprimendas que le propinó a Lay mientras se percataba que él solo trataba de ayudarle y, a cambio, solo recibía la espalda.
Una vez en el veterinario de nuevo, se tropezó a la veterinaria que atendía a su amigo. Al preguntarle por él y ver que mostraba una cara sumamente seria se comenzó a preocupar al punto de que los temblores por todo su cuerpo se apoderaron de él. Ella le dijo que por el momento no corría peligro pero que se encontraba grave. Ya no era solo la gran ingesta de comida (poco apropiada para él) de golpe, sino que además se encontraba muy mal anímicamente ya que, aún mejorando, continuaba en un estado de decaimiento continuo. Le pidió paciencia y le dijo que en una hora podría verle que seguro eso le pondría muy contento. Él se sentó en la sala de espera y no paraba de pensar en lo mismo: "está así por mí, no lo cuidé, lo le atendí, no le escuché, no supe qué quería y porqué podría estar así. No le di comida, ni cariño, ni nada... ¿Qué case de dueño soy?¿Qué clase de amigo soy?..." Mientras él seguía dándole vueltas a toda la situación, la veterinaria y el ayudante le dijeron que ya podía pasar. Él los miró con lágrimas en los ojos y ella le dijo "seguro que se sentirá mejor si su compañero está con él". Entró por el pasillo, con la sensación de culpabilidad y de tristeza en su mirada, y entonces lo vio. Lay sintió la presencia de su dueño y automáticamente cambió su actitud como reclamando que se acercara, cosa que su dueño no dudó un instante. Al tocarlo, abrazarlo y llenar a besos su dueño recordó cada momento con él, cada día que estuvo ahí para hacerle cambiar una cara larga por otra alegre, todas las tardes frente al televisor, los paseos, los juegos, cada despertar, cada roce alrededor de sus piernas... Ambos lloraban felices. En ese instante, la veterinaria le dijo que en cuanto tuviese los resultados y la receta podrían marchar pero que ya no correría ningún peligro.
Así, tras salir de allí, ambos volvieron a casa y por el camino sintieron que ya no eran dueño y mascota, eran compañeros, amigos y, sobre todo, familia. Por tanto, forjaron una relación en la que estarían siempre el uno para el otro y en la que jamás habría tiempo para encerrarse en la tristeza, porque tras ella se esconde la felicidad y, por tanto, la vida.