martes, 1 de enero de 2019

El obrero que quería construir


Esta la historia de un obrero que le gustaba su trabajo. Siempre se dedicó a construir cosas imposibles para sus tiempos: altos rascacielos, grandes aparcamientos subterráneos y largos puentes. Todo ello... solo.


Muchas veces se cansaba, creía que quienes querían crear dichas obras no ponían el mismo ímpetu en planificarlo que él en construirlo. Veía como algunos no sabían como empezar, otros no tenían respaldo de ningún tipo y otros simplemente parecían querer vivir en el sueño pero no materializarlo.

En sus obras, siempre mantenía la misma rutina. Daba un gran madrugón, comía un fuerte desayuno, para poder resistir una mañana entera sin pausa; descansaba al anochecer y al llegar a la cama buscaba mil formas de arreglar todas aquellas pequeñas o grandes adversidades que quebraron parte de su disfrute. Porque eso era para el obrero, un disfrute pleno en el que cada ladrillo, cada azulejo y cada acción o material de obra eran para él parte de su alma. Porque era fiel a quien atendía y sus trabajos y mente eran por y para dicha edificación.

En todas sus obras, por muy complejas que fuesen, él no se rendía. Lamentablemente, sus mandatarios rechazaban el proyecto y le devolvían a la casilla de salida y en busca de un nuevo proyecto que empezar.

No fue hasta un buen día en el que nuestro protagonista conoció al dueño de una vivienda. Parecía una vivienda común: un baño, dos dormitorios, un pequeño terreno, una azotea,... Pero, para el obrero, ese lugar tenía algo especial. Lejos de contener sus ganas, se ofreció en silencio a ayudar en cada una de aquellas pequeñas mejoras a la vivienda que su dueño, silencioso también, ocultaba por falta de apoyos.

Nuestro obrero, lleno de altruismo, decidió acompañarle hasta su casa. Aunque por fuera pareciese ser una vivienda intacta por el transcurso del tiempo, por dentro eran innumerables los desperfectos que habían ocasionado quien la ocuparon. Fue tal el impacto que ambas partes llegaron a un acuerdo: si el casero le permitía al obrero disfrutar de su trabajo en reconstruir su casa él mismo rechazaría cualquier tipo de coste a cambio de la satisfacción de explotar sus ganas.

Desde el primer día, ambos se adentraron en una gran amistad en la que, poco a poco, fueron varias las cosas que cambiaron en aquella casa y en el propio obrero. Mientras mejoraban sus técnicas aquella casa parecía convertirse más y más en un hogar.
Fue entonces cuando, sin previo aviso, aquellos quienes eran sus principales inversores decidieron incluirse en esta mejora. Lejos de aparecer un gesto solidario, fueron los intereses y la búsqueda de apropiarse plenamente de aquella casa los elementos que incrementaron el interés de quienes dieron la espalda en su momento.

Al principio, al obrero no le importó ya que podía desenvolver su trabajo sin interrupciones y encima contaba con un apoyo extra al que ya habría sido su amigo, el casero.

Entonces, una tarde tras la pausa para el almuerzo, descubre que parte de su trabajo, que creía terminado hace meses, fue destruido y devuelto a su estado anterior. Lo que había ocurrido, es que aquellos inversores decidieron cambiar todo lo que se proponían sin tener en cuenta nada más que ampliar la factura a la hora del cobro. Del mismo modo, se encontraban exentos de errores o problemas con el dueño. Esto se debe a que, pasase lo que pasase, el obrero reformaría todo lo que ellos destruyesen, el dueño estaría feliz y ellos ampliarían su fuente de ingresos.

Mientras tanto, el casero se encontraba confuso. No sabía por qué su casa cada día parecía volver al punto de partida y, errado en la idea de que aquellos inversores eran quienes de verdad harían su sueño realidad, empezó a dudar de la credibilidad de su amigo el obrero.

Aunque había días que era el obrero quien planteaba como enemigo de su sueño, veían también a los otros como amenaza a la reforma de su hogar.

Finalmente, su financiadores decidieron utilizar errores ficticios como una carta para librarse del obrero y poder tener plena disposición de aquella casa ya que, lejos de convertirse en una oportunidad de negocio, se había transformado en algo personal.
El obrero, al recibir rechazos e ideas impropias de su amigo sobre sus actividades laborales, se planteó millones de cosas.

No sabía si sentirse culpable por los errores, enfadado por la traición, disgustado por su sueño incompleto, desmotivado por su trabajo poco valorizado o deprimido por volver al punto de partida que, al igual que en obras anteriores, algo le hacía tener que rechazar aquella obra en la que había puesto su alma entera.

Decidió poner la otra mejilla, sonreír lo máximo posible y disfrutar de sus últimos momentos con su amigo. Esperaba dejar de lado cualquier enfrentamiento mientras el casero aprovechaba las festividades venideras.

Fue entonces cuando, tras cuadrar una fecha concreta, decidió dejar de dejar de lado su cara de poker y mostrar sus cartas sobre la mesa. Su amigo, el dueño, no podía creer lo que decía. El obrero no paraba de comentarle todo lo que había vivido desde su primera obra, los malos tragos con sus inversores y la desmotivación tan grande que sentía por no poder disfrutar de lo que de verdad quería hacer y que con su amigo pudo descubrir, hacer un hogar.

El amigo no salía de su asombro y el intercambio de altos tonos de voz y las miradas de rencor hicieron que poco a poco se fuese caldeando el ambiente hasta que, sin previo aviso, el obrero decidió dar un ultimátum. Si no dejaba a su inversor fuera de la obra y solamente contase como un mero apoyo el propio obrero saldría por completo del proyecto en el que varios años puso su corazón.



¿Qué podría pasar? ¿El obrero finalmente formará el hogar que tanto deseó darle a su amigo o por el contrario se romperá ese vínculo entre estos dos amigos?

Continuaré...


(un relato corto con fines lúdicos que pueden ofrecer una visión paralela a adversidades del día a día en forma de metafora).

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